Cómo ser progresista según Joseph Stiglitz, el Nobel de Economía que cenó con Alberto Fernández en Olivos

Joseph Stiglitz, Nobel de Economía 2001. Foto: Icrict

Joseph Stiglitz es un peso pesado de la economía. En más de un sentido. Se trata de una figura prominente de la teoría económica, de un divulgador mayúsculo de la disciplina en el mundo, y de un impulsor incansable de nuevas ideas y de jóvenes talentos.

Su pedigree académico es difícil de abarcar. Para tener una idea de su dimensión, Stiglitz fue el autor responsable de al menos un tercio de la literatura relevante sobre “fallas de mercado”, de la cual abrevó una escuela de pensamiento (los “nuevos keynesianos”), que hoy domina buena parte de la profesión.

Las fallas de mercado constituyen separaciones realistas de la teoría tradicional, esa que supone un normal funcionamiento de la economía cuando está basada en la libre competencia. Sus investigaciones revelaron que estas fallas eran suficientemente relevantes para alterar de raíz las conclusiones de la ortodoxia. Algunos de estos avances le valieron el Premio Nobel en 2001, que compartió con George Akerlof y Michael Spence.

El economista norteamericano ha transmitido su conocimiento a los estudiantes de economía mediante diversos manuales, entre los cuales destaca el brillante Economía del Sector Público, publicado en 1986. Diez años después escribió el que quizás haya sido su trabajo más logrado, Whither Socialism? (¿Hasta dónde socialismo?) donde analiza el veloz colapso del socialismo y las razones de las dificultades que atravesaron las economías que transicionaban desde la ex Unión Soviética.

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Allí aprovecha para identificar con maestría las consecuencias de asumir que los mercados funcionan correctamente en todo tiempo, lugar, y para todos los bienes y servicios. Ese fue su último “libro para economistas”. A partir de allí, sin descuidar su lado académico, comenzó a participar activamente en la opinión pública con obras de divulgación, pero sostenidas por las herramientas conceptuales que él mismo contribuyó a estructurar. Dejamos al lector que recorra estas obras por sí mismo (son más de una decena) y nos concentramos en su último hit, Capitalismo Progresista.

Los sistemas económicos reales tienen dificultades que se reflejan en indicadores concretos y, como dijimos, Stiglitz usa el instrumental que él mismo inventó para entender las principales complicaciones que todavía enfrenta buena parte de la organización económica de la humanidad. Crecimiento enlentecido, empeoramiento en la distribución del ingreso, trampa de pobreza y cambio climático son algunos de los grandes temas que Stiglitz ataca con decisión. Su perspectiva para acometerlos es explícitamente reformista, como deriva claramente del título de la obra.

Pero hay un tema que define con mucha mayor fidelidad el contenido y el objetivo de su último libro, y tiene nombre y apellido: Donald Trump. El texto se publicó en 2020 con la determinación de afincar los argumentos racionales (y liberales), a fin de evitar una segunda presidencia republicana en 2021 en los Estados Unidos. Por eso, Capitalismo Progresista es el más claro y menos conceptual de los libros para el gran público de Stiglitz, y también el más dedicado a la política interna del país del norte. Indudablemente, hay vicisitudes que son más urgentes que explicar teoría. Capitalismo progresista se despega de la ideología trumpista desde la primera página, y asocia con resolución las políticas y las ideas de sus seguidores con las de los detractores de la ilustración y la razón.

Stiglitz es para muchos un abanderado contra la economía mainstream, pero para la versión más heterodoxa de las escuelas económicas se lo caracteriza como una versión aggiornada de los economistas neoclásicos. De hecho, a lo largo de su carrera ha hecho uso de las herramientas ortodoxas aunque, como se comentó, explicitando las excepciones. Este punto permite elaborar una analogía con la posición política de Stiglitz. Por supuesto, se trata de un liberal (en el sentido estadounidense del término), pero sus recomendaciones de política económica podrían aproximarse como una combinación entre el liberalismo tradicional de Bill Clinton, y algunas posiciones recientemente defendidas por Bernie Sanders.

Stiglitz participó de la experiencia de Clinton pero terminó siendo muy crítico de ella. Por ejemplo, el autor se queja de que la palabra “competencia” ocupe un lugar preponderante en los manuales de economía, mientras que los conceptos de “poder” y “explotación” han sido injustamente expurgados. Más evidencia de su insatisfacción con el liberalismo clintoniano, como veremos enseguida, es su insistencia en la ineptitud del sistema financiero, al que considera el epítome de la avaricia, los desvíos morales y los fallos en la economía toda; y su advertencia de que en mercados importantes las empresas se aprovechan de los consumidores de manera sistemática.

Es interesante que Stiglitz deba explicar, cada tanto, en qué se diferencia de Trump en algunas perspectivas. Por caso, el ex presidente de los Estados Unidos parece coincidir con el economista en la necesidad de mitigar la globalización y sus efectos. Aún así, las posturas difieren, como el libro se ocupa de detallar. Para el autor, la globalización es positiva siempre y cuando se administre desde el Estado la transición hacia ella evitando sus consecuencias nocivas, incluyendo la desindustrialización, el desempleo y la desigualdad. Ninguna de las políticas de Trump, sostiene, contribuyen a resolver estos problemas.

Stiglitz y Fernández compartieron una cena en la Quinta de Olivos.
Stiglitz y Fernández compartieron una cena en la Quinta de Olivos.

Capitalismo Progresista considera que el papel del sistema financiero en la vida económica está sobredimensionado, y explica que tanto Obama como Trump hicieron poco por asegurar que los bancos se ocuparan del desarrollo de la economía real, y que en cambio su rol fue el de jugar a las apuestas y confundir al público. Se trata de un sector que, según dice, “nunca ve más allá del siguiente trimestre”.

Es entonces la banca pública la que debe ocupar el vacío consecuente y financiar aquellos proyectos que brinden los retornos sociales más elevados. En este punto Stiglitz parece coincidir ciento por ciento con Mariana Mazzucato: los banqueros no solo se apropian de parte de la renta social, sino que el saldo neto de esta exacción es negativo.

Los desafíos de las nuevas tecnologías se llevan su propia sección. La preocupación saliente es, desde luego, sus efectos negativos sobre la ocupación. Stiglitz teme que esta vez el progreso técnico afecte el empleo, y confía enteramente en la política fiscal para contrarrestar este impacto. Es el comienzo de una larga defensa del rol del estado en la economía. En general, el autor declara que debe descansarse en el poder público para evitar empeorar la distribución del ingreso, e incluso corregirla. Stiglitz prefiere la acción decidida del gobierno, aún con sus limitaciones, que seguir dependiendo del mercado, cuyos fallos son a su juicio mucho más perversos y duraderos.

Hay en el trabajo un interés particular por justificar el intervencionismo desde una perspectiva sistémica. Stiglitz descarta las experiencias extremas de la Unión Soviética o de la China comunista, y no oculta su admiración por las economías escandinavas, e incluso por la China moderna. En cuanto al capitalismo liberal, resume sus impactos así: “Los mercados por sí mismos generan contaminación, desigualdad y desempleo en exceso, pero muy poca investigación básica”.

Stiglitz es mentor de Martín Guzmán, ex ministro de Economía de la Argentina. / Télam
Stiglitz es mentor de Martín Guzmán, ex ministro de Economía de la Argentina. / Télam

La acción positiva del gobierno incluye las políticas para lograr la estabilización de la economía ante perturbaciones. El sector privado debe funcionar con regulaciones intensas, que el autor asocia a los Diez Mandamientos de la Biblia, imperiosos para que una sociedad conviva coordinadamente en pos del bien común. Finalmente, las empresas podrían tener un rol importante colaborando con el Estado, sobre todo a la hora de invertir en infraestructura. “Una economía sin intervención del gobierno es la Ley de la Selva”, refrenda.

El libro continúa en esta tónica, con referencias académicas para la mayoría de las afirmaciones, y declaraciones basadas en la confianza en otras. La agenda del libro es amplia y hace referencia permanente al desastre que estaba dejando el gobierno de Trump (incluso antes de la pandemia, que el libro no alcanza a vivir). Al respecto, cabe consignar que no es nada obvio mostrar desde los datos un desempeño negativo de esta administración (menos aún con pandemia de por medio).

Stiglitz reconoce que la economía dio algunos resultados positivos en empleo y crecimiento, pero que este supuesto éxito era claramente transitorio teniendo en cuenta el enorme déficit fiscal que dejaba como herencia. Es posible que este sea el caso, pero resulta bastante poco estimulante que un gobierno de tan mala calidad y reputación no deje un sello más claro del fracaso de sus ideas y de sus políticas. El daño será enorme, pero los datos económicos no parecen ser del todo contundentes al respecto.

Una característica que acerca el trabajo de Stiglitz a nuestra realidad es que su relación con la Argentina ha sido frecuente. El economista fue un defensor manifiesto de las políticas de la post convertibilidad en los 2000, incluso visitando el país con una agenda con visible contenido partidario. También compartió seminarios académicos en la Universidad de Buenos Aires en más de una oportunidad. Su discípulo y protegido más famoso, desde luego, es Martín Guzmán, a quien apoyó decididamente durante su gestión como ministro de Economía. De paso, Guzmán festejó la publicación de Capitalismo Progresista con un tweet donde posteaba un video de David Guetta tocando la Marcha Peronista durante la Creamfields, adosando el texto: “Me han preguntado varias veces a qué se refiere Stiglitz con la idea de un capitalismo progresista para el siglo XXI. Creo que a esto”.

La referencia es simpática, pero no debe derivarse de ella que el libro constituya un punto de partida para establecer una agenda de políticas que promueva la recuperación de la economía argentina. El trayecto desde la obra de Stiglitz a la realidad local parece más lejano de lo que uno desearía. La impresión al leer el libro es que las recomendaciones corresponden a una “segunda generación” de medidas; difícilmente a una agenda de desarrollo o de estabilización de un país con desequilibrios acumulados tan severos.

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Tomemos como ejemplo la seguridad con que Stiglitz trata el necesario rol del Estado en la regulación del sistema. La confianza que deposita el autor en el funcionamiento de esta maquinaria es difícil de trasladar de manera automática a nuestra experiencia. La dinámica del sector público local ha sido bombardeada por partidos que han ensayado fórmulas de gestión con ángulos conceptuales opuestos por el vértice. Cada orientación de gobierno ha establecido reglas muy diferentes a la planta del Estado en cada período presidencial.

Al mismo tiempo, estos vaivenes de seguro no han sido neutrales en cuanto a sus efectos sobre las capacidades de manejo de la cosa pública. En parte como consecuencia de esta inestabilidad tenemos un Estado disminuido, lento, poco eficiente y por momentos desorientado, y este no es el mejor punto de partida para emplear irreflexivamente las recetas de Stiglitz.

Capitalismo Progresista es un nuevo señalamiento para confirmar que si la economía es un campo amplio y difícil, más lo es la macroeconomía argentina. Lo que luce inmediato en las páginas del libro se transforma en pesadilla en cuanto se ensaya mentalmente un transplante a un país golpeado por la inflación, la desigualdad y la pobreza. Es que el orden de magnitud de nuestras patologías transforma lo que se presenta como un ajuste factible en la necesidad de formular cambios estructurales donde no es fácil siquiera saber por dónde empezar.

En parte por esto es que pocos economistas extranjeros son capaces de opinar sobre la economía del país sin recalar en generalidades, obviedades e incluso recomendaciones inconsecuentes. En este sentido, es claro que vale la pena escuchar las opiniones de Stiglitz sobre Argentina, pero decididamente esta publicación, que compendia específicamente el malestar de Estados Unidos con el capitalismo, es insuficiente para concebir las soluciones para nuestro golpeado sur.

Un buen punto de partida para comprender cómo prosperan las naciones es el conocido texto de Adam Smith, La riqueza de las naciones, publicado en 1776, un libro considerado habitualmente como el inicio de la economía moderna. Smith criticaba de manera acertada el mercantilismo, la escuela de pensamiento económico que dominaba en Europa durante el Renacimiento y el periodo industrial temprano.

Los mercantilistas abogaban por exportar mercancías para conseguir oro, creían que así enriquecerían a sus respectivas economías y harían a sus naciones más poderosas en lo político. Hoy podemos reírnos entre dientes de esas políticas absurdas: disponer de más oro acumulado en una bóveda no proporciona mejores niveles de vida. Con todo, el mismo error de concepción prevalece hoy, especialmente entre quienes argumentan que las exportaciones han de superar a las importaciones y buscan imponer políticas erróneas para lograrlo.

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La verdadera riqueza de una nación se mide por su capacidad de brindar, de una forma sostenida, altos niveles de vida a todos sus ciudadanos. Esto guarda relación, a su vez, con aumentos continuos en la productividad, basados parcialmente en la inversión en instalaciones y maquinaria, pero, más importante aún, también en conocimientos, así como en gestionar nuestra economía con niveles de pleno empleo, asegurándonos de que los recursos de que disponemos no se malgasten o queden simplemente sin aprovechar. No tiene nada que ver solo con la acumulación de riqueza financiera u oro. De hecho, demostraré que el interés por la riqueza financiera ha resultado más bien contraproducente: ha crecido a expensas de la verdadera riqueza del país, lo que ayuda a explicar la ralentización del crecimiento en esta era de financiarización.

Al redactar su obra en los albores de la Revolución industrial, Smith no podría haber comprendido por completo lo que hoy da pie a la auténtica riqueza de las naciones. Buena parte del patrimonio de Gran Bretaña en aquella época y en el siglo que siguió procedía de la explotación de sus muchas colonias. Smith, con todo, no se centraba en esto ni en las exportaciones, sino en el papel que desempeñaba la industria y el comercio. Hablaba de las ventajas que suponían los grandes mercados para la especialización.

Esto resultó acertado hasta cierto punto, pero no abordó el tema de cuál era, en una economía moderna, la base de la riqueza de un país: no hablaba de investigación ni desarrollo, ni siquiera de progresos en el conocimiento derivado de la experiencia, lo que los economistas denominan «aprendizaje práctico». La razón era muy simple: los avances tecnológicos y el aprendizaje desempeñaban un papel escaso en la economía del siglo XVIII.

Durante siglos, antes de que Smith escribiera su obra, los niveles de vida habían permanecido estancados. Poco después, el economista Thomas Robert Malthus postulaba que el crecimiento de la población provocaría que los salarios se mantuvieran en el nivel de subsistencia. Si alguna vez sobrepasaban ese nivel, la población aumentaría, retrotrayendo de nuevo los salarios al nivel de subsistencia. No había, pura y simplemente, ninguna perspectiva de incrementar la calidad de vida. Resultó que Malthus estaba muy equivocado.

♦ Nació en Indiana, Estados Unidos, en 1943. Es economista y profesor.

♦ En 2001 obtuvo el Premio Nobel de Economía.

♦ Entre sus libros se cuentan El precio de la desigualdad, Capitalismo progresista y La gran brecha, entre otros.

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