Cuando García Márquez encarnó a Latinoamérica

“Macondo está de fiesta. Por la agónica línea férrea, único punto de contacto entre la magia y la geografía, llegó la noticia. El mundo se inclina en reverencia para anunciar que, de ahora en adelante, el pueblo de las lluvias decenales y el sol anaranjado y redondo es propiedad de la cultura universal. El Cuarto Premio Nobel de Literatura atesorado por un latinoamericano, viene a ser el reconocimiento a una narrativa pujante y poderosa, inspirada en el territorio y el hombre, encadenando el uno al otro en un tiempo limítrofe entre la esclavitud y la redención. Dicen que cuando el coronel Aureliano Buendía lo supo, le tiritó la barbilla y dijo en voz muy baja: Llegó el momento de otra revolución… y esta voy a ganarla.”

García Márquez recibió el premio el 10 de diciembre de 1982 en Oslo de manos del rey de Suecia Carlos Gustavo. El mismo día pronunció su famoso discurso 

B.Charlon / Getty

Así difundió la revista chilena Análisis el anuncio que estalló en Suecia el jueves 21 de octubre de 1982: el colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014) era el nuevo premio Nobel de Literatura. Era la única noticia que se podía celebrar en esa edición. Porque el resto daba cuenta de un país sumergido en la noche oscura. Al terror impuesto por los servicios secretos de la dictadura encabezada por el general Augusto Pinochet, se sumaban los efectos devastadores de una gravísima crisis económica.

1982 y 1983 marcaron el punto alto de la peor recesión que vivió Chile desde los años treinta. La cesantía (paro) superaba el 30%. Un índice que no incluía a los miles adscritos al Plan de Empleo Mínimo (PEM), creado por el régimen para demoler la rebeldía de los trabajadores: ahora transportaban piedras, basura y escombros en jornadas de 40 horas a la semana por 25 dólares al mes. Solo alcanzaba para comprar un kilo de pan al día. La vieja y sólida estructura del macho proveedor se demolía. Y en las poblaciones, las ollas comunes se multiplicaban al mismo ritmo que la represión.

“Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo.” 

(Del discurso de Gabriel García Márquez de aceptación del premio Nobel. 10 de diciembre de 1982)

Pinochet proclamó “Yo o el caos”, al anunciar su nueva Constitución en 1980. La quería imponer en un plebiscito sin padrón electoral, con férreo control de los medios y los servicios de seguridad desplegados por todo el país para mantener el terror. Pero algo inédito ocurrió el miércoles 27 de agosto en el gran Teatro Caupolicán de Santiago. Policías fuertemente armados ocuparon todas las calles aledañas para impedir que miles de chilenos le dijeran NO a la Constitución de Pinochet.

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García Márquez fue el cuarto escritor latinoamericano en recibir el premio, once años después de Pablo Neruda 

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Miles de hombres y mujeres vencieron el miedo y colmaron desde temprano las graderías. En las afueras otros cientos, hombro con hombro, reforzaban esa rebeldía. Por primera vez, trabajadores, pobladores, estudiantes y profesionales de izquierda coincidían con sus pares democristianos. Desde que la Democracia Cristiana se convirtiera en férreo opositor de la Unidad Popular y apoyara el golpe de estado de septiembre de 1973, una fosa los separaba. Habían transcurrido siete años y la Democracia Cristiana había dado un giro.

Al interior del teatro se respiraba tensión. Nadie sabía qué podía pasar en ese mitin y si habría arremetida policial. De improviso, el grito “¡Allende, Allende, el pueblo está contigo!” retumbó en el Caupolicán. “Allende” hizo eco hasta competir con “¡Frei sí, otro No!”, que otro grupo hizo salir potente de sus gargantas. La tensión escaló varios escaños en las graderías, hasta que una voz potente irrumpió:

–¡La esperanza de Chile no tiene el nombre de una persona! ¡Tiene el nombre del pueblo de Chile! –lanzó Eduardo Frei Montalva, líder máximo de la Democracia Cristiana, presidente de Chile entre 1964 y 1970–.

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Ilustración: Riki Blanco

Frei Montalva terminó emplazando a Pinochet: “Estoy dispuesto a apoyar, sin condiciones y sin ninguna pretensión personal, la forma de transición que reúna los requisitos indispensables para la causa de la democracia, que es la causa de Chile”. Una ovación cerró sus palabras. Frei se convirtió así en líder de la oposición. Esa noche, miles de hombres y mujeres caminaron hacia sus casas casi indemnes al frío y a la inminente represión.

Con un plebiscito fraudulento la Constitución se impuso y la muerte siguió golpeando fuerte. Pero el ruido subterráneo que corría por las calles siguió su curso.

“En este lapso ha habido cinco guerras y diecisiete golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto veinte millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120.000, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala.”

​(Del discurso de G. García Márquez)

El calor era intenso ese 22 de enero de 1982. Un enjambre de mujeres y hombres acudieron hasta la Clínica Santa María de Santiago, ante la alerta del fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Poco antes de las seis de la tarde, dos hombres esperaban impacientes en el estacionamiento de la clínica. Una ambulancia apareció. Tres hombres con delantales blancos descendieron. Transportaban una escalera de tijera y algunos bultos. Sin perder un minuto, los hombres de blanco fueron conducidos hasta el ascensor. Descendieron en el segundo piso y se di­rigieron hasta el único acceso de la Unidad de Cuidados Intensivos. Traspasaron la puerta sin que nadie los detuviera. Con premura y sigilo se introdujeron a la habitación donde yacía Eduardo Frei Montalva. Manos expertas colgaron su cadáver. La operación se inició. Su familia nunca supo lo que en esos minutos le extrajeron al cuerpo del expresidente de Chile.

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El general Pinochet impuso una dictadura militar en Chile tras el golpe de estado de 1973 

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Cuando recibieron su cuerpo para el velorio, el rostro de Eduardo Frei Montalva no tenía huellas de intervención. Lo único que el equipo del doctor Rosenberg dejó intacto fue el cerebro. El corazón de Frei, así como su hígado y otros órganos, ya estaba en tubos con formalina en dependencias del Hospital Clínico de la Universidad Católica. Y allí permanecerían ocultos por dos décadas. Frei Montalva había sido asesinado, pero fue un secreto por largos años.

Cuando en octubre de 1982 los latinoamericanos celebraban con emoción al nuevo Premio Nobel de Literatura, el sello de la muerte seguía incrustado en las calles de Chile.

“Los desaparecidos son casi 120.000, 
como si no se supiera dónde están todos 
los habitantes de la ciudad de Upsala”

La crisis económica se agudizó. Las jornadas laborales se extendían por más de doce horas y la cesantía siguió creciendo. En el carbón se llegaba al límite de la subsistencia. La jornada de lámpara a lámpara era sólo un papel que ningún capataz cumplía. Domingo Arteaga, presidente del principal gremio patronal, la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC), propuso un pacto social: que los trabajadores se rebajaran el 5% de sus remuneraciones. La rebeldía comenzó a explotar en las poblaciones. La respuesta fue más represión.

“Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de doscientas mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de cien mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central: Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de 1.600.000 muertes violentas en cuatro años.”

​(Del discurso de G. García Márquez)

En abril de 1982, el impacto vino desde Argentina. En una sorpresiva operación, el ejército argentino –que asolaba ese país con un poder dictatorial que dejaría más de treinta mil víctimas– recuperaba las Islas Malvinas, territorio que les arrebató Inglaterra en 1833. El anuncio de que Inglaterra le declaró la guerra a nuestros vecinos nos sobrecogió. El 3 de abril todos los espacios informativos hablaban de guerra.

El general Jorge Rafael Videla en una imagen de 1978, cuando presidía la Junta Militar argentina

El general Jorge Rafael Videla en una imagen de 1978, cuando presidía la Junta Militar argentina 

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Pinochet anunció su neutralidad. Nadie le creyó. No sólo porque era férreo admirador de Margaret Thatcher. Estaba latente la cuasi guerra entre Argentina y Chile en 1978 por conflictos limítrofes, aunque los servicios de seguridad de ambos países se asociaban para eliminar opositores en la Operación Cóndor. El diario argentino Clarín informó: “Hay especulaciones de que Chile ha ofrecido a Gran Bretaña el uso de la pista de aterrizaje de Punta Arenas y su planta de reparaciones a doscientas millas de la base austral de Argentina en Río Gallegos”. Resultó ser tan real como los regalos que le hizo la Thatcher a Pinochet en recompensa.

“De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el diez por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada veinte minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.”

​(Del discurso de G. García Márquez)

Llegó junio. Ni la crisis económica ni el frío ni la represión impidieron que las calles de Chile se desbordaran de excitación con las imágenes que llegaron de España. La magia del fútbol derribó fronteras el 13 de junio cuando se inauguró en Barcelona el Mundial de Fútbol. Solo un año antes (febrero 1981), el ruido de sables había estremecido no solo a España. Y ahora, lo que parecía increíble para los chilenos que crecimos entonando los cánticos republicanos de la Guerra Civil de España: el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) se anunciaba como ganador de las elecciones de octubre.

Vértigo en esos días. El 14 de junio las tropas argentinas se rindieron en Puerto Argentino Stanley. Con las Fuerzas Armadas del vecino país derrotadas, se abría un intersticio por donde se abriría paso el ardor de la libertad. Y así fue. El 30 de octubre de 1983 Raúl Alfonsín ganó las elecciones democráticas (Unión Cívica Radical) en Argentina. En 1985 fue el juicio de los jefes militares de la dictadura y algunos de ellos fueron condenados a prisión por los más de treinta mil desaparecidos. Lo que ocurrió después es otra historia. Pero a mediados de 1982 se movía el piso de la soledad.


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El 7 de agosto las imágenes desde Colombia mostraron a Belisario Betancourt asumiendo la presidencia de su país. Pero la violencia no daba tregua en la patria de García Márquez, como bien lo sabía el escritor y periodista. Un mes y días más tarde (17 de septiembre) cinco catequistas de las Comunidades Cristianas Campesinas eran asesinados por un comando de unidades de paramilitares.

“Hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.”

​(Del discurso de G. García Márquez)

El 21 de octubre Gabriel García Márquez recibió la noticia de su Premio Nobel de Literatura. Estaba en México. El 26 de marzo de ese año debió salir de Colombia. El ejército colombiano quería detenerlo. Lo acusaban de tener vínculos con el movimiento guerrillero M-19. Fue un hito. Hubo crónicas y entrevistas sobre su vida de periodista y escritor. Sus palabras hicieron eco en esos días que miles de chilenos, argentinos, uruguayos soñaban con que la libertad y el derecho a la vida se abrieran paso en sus países. En una de esas entrevistas, García Márquez afirmó:

–Si yo volviera a nacer haría todo exactamente igual, salvo una cosa: no me iría de Colombia tanto tiempo. Siempre he pensado que, si me hubiera quedado de juez municipal en Aracataca, no hubiera hecho nada de nada, pero sería completamente feliz.


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Un año y medio más tarde, yo cumplía dos días en la cárcel de hombres de San Miguel de Santiago de Chile, cuando un minúsculo rollito de papel llegó a mis manos. Una entrevista al general Gustavo Leigh, uno de los dueños del golpe de estado de septiembre de 1973, me llevó hasta allí. Lo entrevisté en una modesta oficina de corretaje de propiedades, su nueva actividad. Apreté el estómago, pregunté y escuché. Eran tiempos de férrea censura. Y Leigh no escatimó epítetos contra Pinochet. Lo acusó de “ambición ilimitada”, de corromper el poder y la justicia deslegitimando los motivos del golpe y de “eliminar sistemáticamente” a personas que “considera peligrosas”. Y remató: “sólo se mantiene en el poder por la fuerza”.

Al final, Leigh me miró y dijo: “¡Nada de esto podrá publicar!”. Le repliqué que sí se publicaría.

La entrevista a Leigh fue publicada en junio de 1984. Pero solo lo relativo a la corrupción de Pinochet. La otra historia, la del golpe, demandaría más trabajo. El Ministerio del Interior se querelló contra mí (y no contra Leigh) por atentar contra la Seguridad del Estado. Y una ministra de la Corte de Apelaciones de Santiago, Marta Ossa, me mandó a la cárcel de hombres de San Miguel.

“Ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte”

El corto tiempo que allí estuve fui cobijada por un grupo de mujeres extraordinarias del MIR ( Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Todas ellas llevaban ya un tiempo en esa cárcel como prisioneras políticas en condiciones extremadamente duras. En ellas vi dignidad para pararse ante represores y humanidad para con los más débiles. Compartí sus cantos, su extremo pudor para no hablar de lo que habían vivido y su esperanza. Jamás las olvidaré.

Y fue en esas condiciones que mis manos desenrollaron ese rulo de papel casi transparente, y leí:

“Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte.”

​(Del discurso de G. García Márquez)

El discurso que lanzó al mundo Gabriel García Márquez contiene una proclama que se convertiría en una luz para hacer periodismo en medio de la oscuridad:

“Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.”

​(Del discurso de G. García Márquez)

Esa noche volví a leer el discurso de García Márquez, me acurruqué y supe que desde allá afuera nos estaban acompañando.

MÓNICA GONZÁLEZ (Santiago, 1949), autora de este texto, es periodista y escritora chilena. Ha trabajado para revista y diarios como El Siglo, Clarín, La Nación o Análisis; fundó y dirigió la revista Siete+7 y el Diario Siete. Es autora de diversos libros, entre otros, La Conjura. Los mil y un días del golpe (2000), sobre el golpe de estado de Pinochet. Ha recibido, entre otros, el Premio Mundial de la Libertad de Prensa de la Unesco (2010), el Nacional de Periodismo en Chile (2019) y el Ortega y Gasset a la Trayectoria Profesional (2020). Es miembro del Consejo Rector de la Fundación Gabo.

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