De clase dominante a clase dominada: mucha tele y poca lectura | Opinión de José Luis Roig

Lo siento, pero no puedo evitar soltarles una frase que me acaba de recordar una buena amiga, de esas que saben meter el dedo en la herida, aunque no lo hagan por el mero placer de molestar, sino por la necesidad de situarnos ante el espejo, y así de paso descubrir hasta dónde puede llegar la estulticia del género humano. La frase es breve, pero directa, tal vez ya la hayan leído en alguna otra ocasión, pero viene muy bien recordarla, incluso todos los días para que se grave en nuestra memoria existencial: “La tolerancia llegará a tal nivel que las personas inteligentes tendrán prohibido pensar para no ofender a los imbéciles”. Como apostilló mi amiga, mientras tomaba su sorbo de café, ese momento ya ha llegado e incluso ha sido superado por una contagiosa corriente de imbecilidad general y permanente.

El problema, aunque sea muy actual viene de lejos; el autor de la cita, Dostoyevski, murió en 1881. Imagino que el escritor ruso, siempre intuitivo y buen conocedor de la realidad, ya se olía el percal humano -y eso que no existían las redes sociales, ni los odiadores de Twitter, ni la caja boba de la televisión- pero intuía que la cosa podía ir degenerando a medida que la necedad (y la tolerancia mal asistida y desvirtuada) ocupara el mismo privilegio y categoría que la imprescindible inteligencia. Intuyo, es un suponer, que el propio Dostoyevski estaría de acuerdo en que no está mal ser tolerante, incluso con los imbéciles, siempre y cuando no aceptemos que sus teorías son razonables o que sus ideas son tan válidas como las clarividentes o las que son verdad. No todo vale lo mismo ni todo es tan útil como nos quieren hacer creer. Entre el bien y el mal, entre el conocimiento y la barbarie hay un abismo y cruzarlo siempre tiene un precio.

La tolerancia respeta al ignorante, pero no su ignorancia, que es lo que hoy día se intenta equiparar y trampear: la igualdad por abajo. Que nadie levante la cabeza y mucho menos predomine. Que sea lo mismo, o mucho menos incluso, un premio Nobel que un jugador de fútbol millonario. Que no se amargue ni frustre nadie, ni tampoco se esfuerce alguien por conseguir un talento mayor, o un poco más de cultura. Seamos todos capitidisminuidos mentales que aspiran a vegetar y ver las tonterías o informativos de las televisiones. Incluso los hay que presumen de ignorantes, de no leer un libro en su vida, de no visitar un museo, en definitiva, de importarles un bledo todo lo que sea cultivarse. Y es ahí donde empiezan todos nuestros males. En tragar y tragar sin saber discernir ni razonar con espíritu crítico. Y no hablemos de la caja boba de la tele que se hace cada día más a la medida de los imbéciles, para que estos no deban esforzarse ni plantearse nada que les pueda interferir su perpetuo aborregamiento.

Los hay que se hacen llamar clase dominante por tenerla más grande, la televisión se entiende, y lo único que son es la clase dominada dada su ignorancia y su falta de luces, no las catódicas, que de esas van sobrados, sino las luces que brillan de verdad entre las orejas y dentro de la frente. La responsabilidad es nuestra, en gran medida, pero también tiene una gran culpa la clase política que nosotros elegimos para que nos desgobierne. Y no digamos esos informativos repletos de sucesos y desgracias que nos van recordando que la culpa de todo, incluida la pandemia, el cambio climático, los incendios, la crisis, … Es nuestra, siempre nuestra, pero que estemos tranquilos, que sigamos vegetando y cediendo nuestros derechos a los políticos para que ellos puedan salvarnos, y que no pensemos mucho, que eso ya lo hacen ellos por nosotros; esos gobernantes tan “cualificados” que quieren solucionarnos la vida en cómodos plazos. En realidad, estos pelagatos de gamuza negra solo piensan en hacer su agosto y en subirnos los impuestos para que ellos puedan gastarlos, y no precisamente en sanidad y educación, sino en un montón de cosas prescindibles por no decir inútiles.

Quién nos iba a decir, que a estas alturas de la vida deberíamos reclamar con vehemencia el sentido común, convertido en algo casi revolucionario por escaso; y darle una vuelta de 180º al mundo de la cultura y la sabiduría. Todo lo que cuesta poco y no exige cierto esfuerzo, deberíamos apartarlo porque no vale mucho y debilita nuestra capacidad mental e intelectual. Espero y confío que mi simple propuesta por reivindicar el esfuerzo y el mérito como trampolines para alcanzar la verdad y la belleza no me lleven a la hoguera de esa nueva inquisición que pulula en estos tiempos tan poco originales ni modernos del siglo XXI, la misma que practica lo políticamente correcto, y la temida “cultura de la cancelación” que tan tristemente de moda está en EEUU.

Lo digo porque cada dos por tres vivimos más sometidos a la persecución de los “troles”, esos “verdugos” que si algo no les gusta o les molesta lo quieren prohibir o perseguir, de entrada lo señalan y lo acusan de lo que sea -no importa el grado de estupidez de la denuncia- para culpabilizarlo y hostigarlo en las redes y para que pierda apoyos y subvenciones, y luego ya van a por su destrucción total. Hay muchos más damnificados, pero recuerdo el caso de Dorian Abbot, profesor de la Universidad de Chicago, al que le cancelaron una prestigiosa lectura de ciencia en el MIT por decir que las evaluaciones deberían basarse en el mérito.

Los prohibicionistas de esta cancelación -más bien cacería humana- fueron los estudiantes de posgrado que montaron una protesta en Twitter contra Abbot porque lo del mérito y el esfuerzo no iba con ellos, que eso eran planteamientos demasiado radicales y de una exigencia casi fascista. Y en lugar de debatir o discutir intelectualmente sobre esa cuestión, los “troles” prefirieron montar hordas de enemigos que también rechazaban el mérito y el esfuerzo como virtud, y se dedicaron a expulsar a la persona no aceptada porque recomendaba un mínimo de responsabilidad. Son los matones de twitter que amparándose en su anonimato o cantidad se dedican a intimidar a los más capacitados porque estos les dicen las verdades que ellos prefieren ignorar. En resumen y para terminar, solo añadiré lo que un buen día dijo Groucho Marx: “Hay personas que, a pesar de ser puntuales, se les nota el retraso”.

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De clase dominante a clase dominada: mucha tele y poca lectura | Opinión de José Luis Roig