Las guerras como pestes de la humanidad, según Orhan Pamuk

El hilo conductor de la novela de Orhan Pamuk, que tiene 720 páginas y estará en librerías bajo el sello Literatora Random House, es la pandemia de la peste bubónica vista desde la mediterránea e imaginaria isla de Minguer.

Foto: Cortesía de Penguin Random House

Tras dejar al químico jefe de Abdülhamit, Bonkowski Pachá, y a su médico asistente en la isla de Minguer, la nave imperial Aziziye prosiguió su ruta directamente hacia Alejandría. La misión de la delegación otomana que viajaba en el barco consistía en aconsejar a la airada comunidad musulmana de China para impedir que se sumara a las crecientes revueltas populares en contra de Occidente.

En 1894, Japón atacó a China y el occidentalizado ejército nipón asestó una sorpresiva y rápida derrota al ejército chino, anclado aún en métodos de guerra tradicionales. Desesperada ante la victoria de los japoneses y sus demandas, la emperatriz china pidió ayuda a las potencias occidentales, al igual que había hecho el emperador otomano Abdülhamit II unos veinte años antes, cuando, de forma muy parecida, sufrió una dura derrota a manos del más moderno ejército ruso. Ingleses, franceses y alemanes protegieron a China. Pero esta vez se dispusieron a dividir el país en zonas de influencia con grandes privilegios legales y comerciales (los franceses, en la China meridional; los británicos, en Hong Kong y el Tíbet; y los alemanes, en el norte), y a enviar misioneros para incrementar su ascendente político y espiritual. (Recomendamos: videocharla con el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa mientras se despedía de su biblioteca en Lima, reportaje de Nelson Fredy Padilla).

Esto hizo que el empobrecido pueblo chino se rebelase, en particular los conservadores y los religiosos. Comenzaron los levantamientos contra el gobierno manchú y los “extranjeros”, especialmente contra cristianos y europeos. Prendieron fuego a los establecimientos propiedad de occidentales: bancos, oficinas de correos, clubes, restaurantes, tiendas e iglesias. Empezaron a matar por las calles, uno por uno, a los misioneros y a los chinos conversos al cristianismo. Detrás de esta revuelta popular, que se extendía con rapidez, se encontraba una secta a la que los occidentales se referían como los bóxers, que obtenía su fuerza mística de la magia tradicional y los rituales con espadas que practicaban. El Estado chino, dividido entre los conservadores y los liberales tolerantes, tampoco podía reprimir a los insurrectos, hasta el punto de que el ejército poco a poco fue pasándose a las filas de la sublevación.

Al final, la misma emperatriz se unió a la rebelión contra los extranjeros. Ya en el año 1900, los soldados chinos sitiaron las embajadas en Pekín y muchedumbres furiosas comenzaron a atacar en las calles a los cristianos y asesinar a los extranjeros. Las potencias occidentales organizaron un ejército aliado para combatir con todas sus fuerzas la rebelión en las calles. Fue allí donde cayó el embajador alemán Von Ketteler, partidario de una política especialmente beligerante.

El káiser Guillermo II, emperador de Alemania, reaccionó muy duramente y envió nuevos batallones a China para aplastar a los rebeldes de Pekín. Al despedir a sus soldados en Bremerhaven, les ordenó que se mostraran “duros” como “Atila, el rey de los hunos” y que no hicieran prisioneros. Los periódicos occidentales aparecían repletos de noticias que señalaban el salvajismo, el primitivismo y los crímenes que cometían los rebeldes bóxers y los musulmanes que se les habían unido.

Por esos mismos días, el káiser Guillermo II despachó varios telegramas a Estambul solicitando la ayuda de Abdülhamit, ya que los soldados que habían matado al embajador alemán en Pekín eran musulmanes provenientes de la región china de Kansu. En su opinión, el emperador otomano Abdülhamit, califa de todos los musulmanes del mundo, debía hacer algo para apaciguar a los fanáticos soldados musulmanes que atacaban ciegamente a los cristianos. Tal vez podría aportar efectivos a los ejércitos occidentales enviados para acabar con la rebelión.

A Abdülhamit no le resultaba fácil decir que no a los ingleses, que lo habían apoyado frente al ejército ruso; ni a los franceses, que eran los aliados de los británicos en China, ni a los alemanes y su káiser Guillermo II, que le había rendido una visita personal en Estambul y siempre se había comportado afectuosamente con él. Si estas grandes potencias decidieran ponerse de acuerdo entre ellas, podrían engullir fácilmente al Imperio otomano —“el hombre enfermo de Europa”, en palabras del zar ruso Nicolás—, y el sultán era muy consciente de que podrían repartirse sus tierras y facilitar la formación de pequeños Estados que hablaran cada uno una lengua diferente.

Abdülhamit había observado con sentimientos encontrados las insurrecciones de musulmanes contra las denominadas Düvel-i Muazzama, es decir, las grandes potencias occidentales. A través de lo que se contaba en los informes que recibía, seguía con interés las numerosas insurrecciones de musulmanes en China, así como la sublevación contra los ingleses liderada por Mirza Gulâm Ahmed en la India. También se mostraba complaciente con la rebelión del Mulá Loco de Somalia y con otras revueltas islamistas contra Occidente que estaban teniendo lugar en África y Asia.

El sultán había enviado agregados militares especiales para que hicieran un seguimiento de algunos de estos levantamientos contra Occidente y la cristiandad, y en ocasiones había ayudado subrepticiamente a los rebeldes sin levantar siquiera sospechas en su propio gobierno ni entre sus propios cuadros burocráticos (había espías por todas partes). A medida que el Imperio otomano se desintegraba, y de ese modo perdía a las poblaciones ortodoxas de los Balcanes y de las islas del Mediterráneo, el sultán Abdülhamit empezó a acariciar la idea de que, si apoyaba abiertamente el islam (tal como sugería la nueva demografía del Imperio), podría poner de su parte a todas las naciones y comunidades musulmanas del mundo en contra de Occidente, para así, al menos, poder intimidar a las Düvel-i Muazzama. En otras palabras, el sultán estaba descubriendo por sí mismo lo que hoy día conocemos como “islam político”.

Sin embargo, el sultán Abdülhamit, a quien le encantaban la ópera y las novelas policíacas, no era exactamente un yihadista islamista sincero y coherente. Desde el primer día comprendió que el levantamiento contra Occidente de Arabi Pachá en Egipto no solo se dirigía contra los ingleses, sino que además era una insurrección nacionalista contra todos los extranjeros, o sea, también contra los otomanos, por lo que odiaba a ese pachá islamista y deseaba en secreto que los ingleses lo aplastaran. Y, presionado por el embajador inglés en Estambul, Abdülhamit se puso del lado de los ingleses frente al movimiento del Mahdi en Sudán, que consideraba una “sublevación de la chusma”, pero que combatió duramente contra los ingleses y terminó con la muerte del general Charles Gordon, muy apreciado entre los musulmanes, al que llamaban afectuosamente Gordon Pachá.

No enfurecer a las grandes potencias occidentales y mostrarse al mundo como califa y líder de todos los musulmanes, dos deseos contrapuestos para los que Abdülhamit encontró una solución intermedia e inofensiva: no enviaría soldado otomano alguno para matar a musulmanes ni para combatir a los insurrectos. Pero sí enviaría a los musulmanes chinos, en calidad de califa del islam, una delegación con el mensaje: “¡No luchéis contra los occidentales!”.

Abdülhamit eligió en persona al jefe de esta delegación, un experimentado general de brigada a quien en esos momentos le costaba conciliar el sueño en su camarote, junto a quien también puso a dos expertos a los que, como al primero, apreciaba y conocía personalmente: uno, de barba negra, un profesor de historia del islam; el otro, de barba blanca, un renombrado y perspicaz redactor de fetuas. Estos dos expertos se pasaban el día sentados frente a un enorme mapa del Imperio otomano que colgaba de la pared en la gran sala común del Aziziye, mientras discutían sobre los argumentos que deberían convencer a los musulmanes chinos.

Uno de ellos, el historiador, afirmaba que su principal misión no era apaciguar a estos musulmanes, sino darles a conocer la fuerza de Abdülhamit, califa del islam y también suyo. Por su parte, el más prudente redactor de fetuas, con su blanca barba, mantenía que la yihad solo sería yihad con la participación del rey o del sultán de aquel país, y alegaba que, de hecho, la emperatriz de China ya había cambiado de opinión y había renunciado a apoyar a los insurrectos. A veces se unían a sus debates otros miembros de la delegación, como intérpretes y militares.

El Aziziye proseguía su ruta hacia Alejandría en mitad de la noche, bajo la luz de la luna, cuando el damat doctor Nuri vio que estaban encendidas las luces del gran salón, así que llevó allí a su esposa y se plantaron delante del mapa que colgaba de la pared. Reflejaba la situación actual del Imperio otomano, fundado hacía seiscientos años por los tatarabuelos de Pakize Sultan.

Abdülhamit mandó hacer ese mapa en el otoño de 1880 —cuatro años después de acceder al trono a la edad de treinta y cuatro años—, cuando, tras el Congreso de Berlín, recuperó, con ayuda de los ingleses, parte de los territorios que había perdido a favor de Rusia. El Estado otomano sufrió la pérdida de amplios territorios y países (Serbia, Tesalia, Montenegro, Rumania, Bulgaria, Kars o Ardahan) en una guerra que se declaró nada más ocupar el trono. Después de tan gran quebranto, Abdülhamit estaba francamente convencido de que el Imperio otomano ya no perdería más tierras e hizo llegar por tren, coche de caballos, camello y barco a todos los rincones del Estado, hasta las más remotas guarniciones, sedes gubernamentales y embajadas, ese mapa cuyo encargo realizó pleno de optimismo.

Los miembros del Consejo Consultivo ya habían visto decenas de veces ese mapa por todos los rincones del Imperio, desde Damasco hasta Ioánina, de Mosul a Tesalónica y de Estambul al Hiyaz, y siempre les causó admiración y respeto la amplitud de los territorios que abarcaba el Imperio, solo para recordar que, por desgracia, el verdadero mapa seguía encogiéndose a un ritmo cada vez más rápido.

A propósito de esto, haré referencia aquí a un rumor que Pakize Sultan oyó en el palacio Yıldız respecto a este mapa, y que más tarde contó a su marido y refirió a su hermana en una carta. Según esta historia, Abdülhamit entró sin anunciarse en la habitación de su amado hijo mayor, el príncipe Selim, cuando este contaba diez u once años, y descubrió que estaba mirando una versión más pequeña del mismo mapa que había encargado por su cuenta, con lo que quedó muy complacido. Se acercó más y reparó en que algunos territorios estaban pintados de negro, como hacen los niños en los libros para colorear.

Abdülhamit miró con más atención y comprobó que los territorios que su hijo había coloreado de negro eran los que había perdido estando él en el trono o que, aunque mantenían la bandera, había entregado sin luchar a los enemigos (pero que en el mapa seguían apareciendo como otomanos), y en ese momento comenzó a aborrecer a ese hijo traidor que hacía responsable a su padre del progresivo empequeñecimiento, hasta su desaparición, del Imperio otomano.

Pakize Sultan, que despreciaba con la misma intensidad a su tío, añadió en su carta que, diez años más tarde, el odio que el padre sentía por el hijo se intensificó por el hecho de que una odalisca a la que Abdülhamit le había echado el ojo se hubiera enamorado de su primo Selim Efendi. Pakize Sultan oyó a menudo hablar en su infancia de estos desastres, de todas estas pérdidas de territorios y provincias, que comenzaron en los años que siguieron al destronamiento de su padre Murat V.

En los días en que, con sus uniformes verdes y azules, los soldados rusos llegaron a San Stefano, a solo cuatro horas de distancia del palacio de Abdülhamit, las plazas, jardines y descampados de Estambul se llenaron con las tiendas de campaña cedidas por el ejército para los musulmanes de los Balcanes, de tez clara y ojos azules, que lo perdieron todo de la noche a la mañana al escapar de las tropas rusas: en los Balcanes, el Estado otomano perdió en catorce meses gran parte de las tierras que le habían pertenecido desde hacía cuatrocientos años.

Más tarde, los recién casados rememoraron juntos, sin derramar una lágrima, los demás desastres de los que se hablaba durante su infancia: Chipre, situado al este de la isla de Minguer que acababan de dejar atrás, con sus fragantes huertos de naranjos, sus densos olivares y sus minas de cobre, pasó a estar bajo control inglés en 1878, antes incluso de que finalizara el Congreso de Berlín. Al contrario de lo que mostraba el mapa, hacía ya mucho que Egipto no era tierra otomana.

Los ingleses, con la excusa de que los cristianos de Alejandría estaban amenazados durante el levantamiento antioccidental de Arabi Pachá, bombardearon los barrios de la ciudad desde sus buques de guerra y, en 1882, ocuparon el Egipto que aún aparecía como posesión otomana en el mapa. (En los momentos en los que las aprensiones del inteligente Abdülhamit rayaban en la paranoia, llegó a sospechar que esa revuelta la habían iniciado los ingleses como pretexto para poder apoderarse de Egipto). Los franceses, por su parte, tomaron Túnez bajo su control en 1881.

Tal como había vaticinado el zar de Rusia cuarenta y siete años atrás, solo hacía falta que las grandes potencias se pusieran de acuerdo entre ellas para repartirse la herencia del “hombre enfermo”. Pero lo que más inquietaba a los miembros del Consejo Consultivo que se sentaban cada día ante el viejo mapa de Abdül Hamit, era algo que ni siquiera aparecía reflejado en él: los países occidentales que apoyaban las revueltas de los nacionalistas-secesionistas cristianos de nacionalidad otomana, que se rebelaban continuamente contra la autoridad estatal, eran mucho más poderosos que ellos no solo militarmente, sino también en cuanto a su economía, administración y población.

En 1901, el Estado otomano contaba en toda su amplia geografía con una población de diecinueve millones de personas. De ellos, cinco millones no eran musulmanes y, aunque pagaban muchos más impuestos, seguían siendo tratados como ciudadanos de inferior categoría, lo que les llevó a reclamar “justicia, igualdad y reformas” y a pedir ayuda y protección a los países occidentales.

Al norte, la población de Rusia, con la que los otomanos estaban siempre en guerra, era de setenta millones; y la de Alemania, con la que el Estado otomano había establecido relaciones de amistad, rozaba los cincuenta y cinco millones. La producción económica de los países europeos, con el Imperio británico a la cabeza, era veinticinco veces mayor que la débil producción de la que eran capaces los otomanos. Es más, la población musulmana, que soportaba la carga militar y administrativa del Imperio, se debilitaba cada vez más a medida que prosperaban las clases comerciantes rum y armenia en las provincias. Los dirigentes de las provincias otomanas no podían ofrecer respuesta a las peticiones de libertad de esta nueva clase de burguesía no musulmana en ascenso.

Frente a las revueltas de los cristianos griegos y armenios, que deseaban administrar sus propios territorios y pagar como mucho los mismos impuestos que los musulmanes, los gobernadores provinciales otomanos no eran capaces de reaccionar sino con devastación, asesinatos, torturas y destierro.

—¡Ya tienes otra vez ese demonio malvado dentro! —le dijo Pakize Sultan a su marido cuando regresaron a su camarote—. ¿En qué estás pensando?

—¡En que es bueno que nos vayamos a China y dejemos todo esto atrás por un tiempo! —respondió Damat Nuri.

Pero su esposa pudo leer en su rostro que estaba pensando en la epidemia de Minguer y en Bonkowski Pachá.

* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. Traducción al español de Xavier Gallart y Miguel Ángel Romero.

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Las guerras como pestes de la humanidad, según Orhan Pamuk