Los fuegos cruzados de Leyner Palacios

Leyner Palacios es un sobreviviente. Se salvó –y salvó a su hija– de morir en la masacre de Bojayá (en 2002). Nació hace 46 años en Pogue, muy cerca de donde sucedió la tragedia. Como abogado, líder social y ex-Comisionado de la Verdad (cargo que ejerció durante dos años), promueve procesos de reparación y reconciliación para las 19 comunidades afro y 34 indígenas del municipio afectadas por los hechos. Fue homenajeado en Oslo durante la entrega del Premio Nobel de Paz 2016 y ganó el Premio Global por el Pluralismo en 2017. Recientemente, con una productora irlandesa, lanzó el documental Bojayá, entre fuegos cruzados en el que él, su familia y su comunidad son los protagonistas.

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“El plomo, después de que pasó la masacre, nunca cesó. Me tocó meterme bajo el agua con mi hija Ana Luisa para poder salvarla (…) Me imagino que ella habrá grabado en su cerebro todos los disparos y las detonaciones. En ese momento, cuando intentamos montarnos a los botes, experimenté la muerte. Uno sentía que las balas caían como aguacero, era pura bala que nos estaban echando. Cogí a Ana Luisa y me tocó zambullirme debajo del agua. Yo aguantaba más resuello que la niña, que tenía 2 añitos, entonces literalmente casi la ahogo. Fue una cosa muy dura, porque después la niña no me quería ni ver”.

El relato de Leyner Palacios duele hasta las lágrimas. En el documental ‘Bojayá, entre fuegos cruzados’, varias veces se quiebra su voz mientras recuerda los hechos que hace 20 años, el 2 de mayo de 2002, partieron en dos el curso de su vida y el de esta humilde población del Chocó.

(Antes de ver el documental, le sugerimos el video de contexto titulado ¿Por qué es importante que todo Colombia vea el documental ‘Bojayá: entre fuegos cruzados’)

Los paramilitares disparaban, disparaban y en medio de eso, nosotros saltábamos por encima de los fusiles, como si estuviéramos jugando. La guerrilla disparaba del otro lado del río precisamente hacia donde estaba el fuego y nosotros estábamos ahí. En medio del fuego cruzado. Había una señora que estaba cargando a su niño y se formó un lloriqueo, una cosa impresionante: ‘¡Mataron a mi hijo! ¡Mataron a mi hijo!’ Para mí, eso fue muy triste, porque me tocó rogarle a la señora que dejara al hijo. Una madre nunca abandona a sus hijos aunque estén muertos…”

El documental de 81 minutos fue una iniciativa de cinco familias de Bojayá, quienes por medio de una productora irlandesa y la Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico (CIVP) decidieron dar voz a las víctimas. La película, que ahora también se puede ver en el canal de YouTube de EL TIEMPO, ha permitido restañar algunas de las heridas que produjo esa cicatriz imborrable en la memoria de Palacios.

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“En la Comisión, me tocó entrevistar a una persona de las que me andaban buscando para matarme (…)  Me explicó que había intentado matarme en 4 ocasiones”.

Ahí resuenan los testimonios de quienes no solo perdieron a más de 70 personas, sino que también perdieron la oportunidad de despedirlos con sus rituales ancestrales y perdieron la fe en el Estado.

El cine convocó a Palacios para revivir sus 46 años de vida, el guion de sus alegrías y sus tristezas, la tragedia de sus 28 familiares asesinados en Bojayá y la redención del Premio Global por el Pluralismo 2017, así como el homenaje que recibió durante la entrega del Premio Nobel de Paz 2016, cuando Juan Manuel Santos lo presentó en Oslo como un ejemplo para el mundo.

El penúltimo punto de giro de esta trama fue su elección como miembro de la Comisión de la Verdad en septiembre del 2020 para buscar testimonios sobre el conflicto armado, en busca de la reconciliación de Colombia y la de su propia alma atormentada. Estas y otras escenas también las compartió en la charla ‘El cine y yo’ –que hoy reproducimos en la revista BOCAS–, cuando ante un público conmovido en la Cinemateca de Bogotá encendió el proyector de sus memorias.

¿Cuál es su primer recuerdo cuando le mencionan la masacre de Bojayá?

Estamos cargados de recuerdos: perdimos a 28 familiares. Y los recuerdos de la escena, la sangre derramada en esa iglesia. Recordar el techo destruido, recordar las casas que construimos con tanto esfuerzo y nos tocó dejar abandonadas. Recordar las imágenes de las personas con quienes ya no podíamos compartir: el viejito pescador, que subía y bajaba; la viejita Minducha; Benjamín, el joven chancero del pueblo, que lo queríamos tanto por su nivel de educación; el joven Hilson Rentería, quien nos acompañó cuando las Farc decidieron una política de reclutamiento y con él, desde la danza les hicimos resistencia, pero el día de la masacre algunos de los jovencitos que habían reclutado cargaron los cilindros bomba que explotaron en la iglesia.

¿Por qué decidió llevar su historia al cine?

Cuando nosotros publicamos el documental ‘Bojayá, entre fuegos cruzados’, lo que quisimos poner fue una crítica sobre la importancia de la memoria. Porque la narrativa de la memoria en el contexto de la guerra a veces se tergiversa. Y desafortunadamente, la narrativa de la guerra con la masacre de Bojayá no fue la excepción. Se instauraron muchas mentiras como verdades. Bojayá, para mí, fue el detonante para que el país entrara en una situación de calificación de terrorismo. Y con eso entramos en una posición negacionista de la realidad. Mire, después de Bojayá, cuántas masacres hubo.

¿A qué mentiras se refiere?

La escena de la narrativa, del zapatico que mostró el general Mario Montoya a los medios al día siguiente, es una cosa que nos duele mucho. Y este documental lo acompañamos también del impacto que tuvo la masacre. No fue suficiente que nos mataran los familiares, sino que también tuvimos que recuperar los restos. Y después de 20 años, el Estado no había garantizado la identificación plena y total de esas personas que para nosotros no eran números.

¿No pudieron hacerles su ritual de despedida?

El Estado los enterró con un número y para nosotros, el tema de la relación con el muerto es supremamente trascendental. Nosotros creemos que, de cierta manera, todo lo que nos ha seguido pasando ha sido porque el Estado no fue capaz de garantizar que nosotros tuviéramos unos ángeles, unos espíritus en el cielo que nos brindaran protección. No enterrar esos cuerpos de manera adecuada… créame que es una cosa que uno vive con ella mucho tiempo… Por primera vez tuvimos que hacer una fosa común para enterrar casi a 70 personas. Tirarlas allí como animales. Recogimos a nuestros seres con palas.

¿Pero luego hubo una exhumación de los cadáveres?

“El plomo, después de que pasó la masacre, nunca cesó (…) En ese momento, cuando intentamos montarnos a los botes, experimenté la muerte.

Diecinueve años después, nos tocó ir a los lugares, uno a uno, a encontrar otra vez los restos. Y ya no era esa imagen de la persona que teníamos, con carne, ahora solo era un pedacito de hueso. Y nosotros cargando ese pedacito de hueso, porque era la oportunidad de identificar y decirle al país: ‘Este era mi familiar y se llamaba de tal manera’. Luego, irlo a poner a un mausoleo que hoy está en toda la subida del pueblo. Ha sido una lucha bastante dura. Cuando hablamos del título Bojayá, entre fuegos cruzados, lo que queremos decir es que Bojayá es el país: Arauca, Catatumbo, el Pacífico colombiano, San Andrés y Providencia, la gente que está en la Amazonía, la zona del Cauca, por Dios… No estamos hablando de un Bojayá que pasó, sino que estamos hablando de que tenemos un país despedazado y continúa esta serie de barbaries y quisiéramos una decisión para que esto se resuelva.

A propósito del documental, ¿cuál fue la primera película que vio en su vida?

Fue ‘Mi abuela es un peligro’, en Barranquilla. Yo salí por primera vez de mi territorio a los 24 años. Había un nivel de confinamiento bastante profundo en Bojayá. Los paramilitares, en una estrategia con la fuerza pública, habían determinado que no se podía llevar para una familia más de 20 mil pesos para su sustento durante un mes. Y llevaban un listado, cada familia tenía que anotarse allí. Entonces, vivíamos una precariedad en la alimentación. Las monjas de la parroquia decidieron crear un proyecto de economía solidaria, llevaron unas trilladoras para que la gente pudiera transformar el arroz. Las máquinas sacaban la cáscara y así no teníamos que comprar el arroz y evitar, de paso, el control de los grupos armados. Entonces, me mandaron hasta Barranquilla para aprender cómo se manejaban esas máquinas. Allá me hice mecánico de trilladoras Mac 400 y de motores Lister.

¿Allá entró por primera vez a una sala de cine?

Sí, fue muy conmovedor ver esa pantalla gigante, nunca había visto una cosa de esas. Esas imágenes, esos sonidos… estar haciendo el proceso mental de pensar ¿esto qué es? ¿Por qué se apaga la luz? ¿Por qué suena así? Cuando me invitaron a ver la película, créame que estaba en shock. En mi pueblo ni siquiera había luz. De hecho, hasta el día de hoy el 60 por ciento de la población del municipio de Bojayá no tiene luz permanente. Yo me crie en ese entorno. Solo hace menos de un año al departamento del Chocó llegó un centro comercial que instaló una pantalla de cine. Luego, cuando volví al territorio, trataba de contarles a mis compañeros que eso existía. Era muy complicado, porque no podían imaginárselo.

¿Cómo fue su infancia?

Yo iba a la escuela sin zapatos… Yo vengo de un pueblito llamado Pogue, a casi cuatro horas de Bellavista (Chocó). Para ir primero hay que llegar a Quibdó y luego tomar una lancha rápida cuatro horas hasta Bellavista y embarcarse en una canoa, más o menos 3 o 4 horas subiendo ese río, con los retenes de los grupos armados.

¿Usted era buen estudiante?

Yo era aplicado. Los docentes iban a la escuela con un rejo de vaca, pero yo casi no llevaba ‘fuetazos’. Era muy juicioso en ese sentido. De hecho, tengo muy buena relación con mis profesores. Mis docentes, el profesor Dionisio, Nicanor, la profesora Berta, eran autoridades en la comunidad. Además de dar clases en la escuela daban clases en la calle.

¿Cómo estaba compuesta su familia?

Mi papá, Hernán Palacios, era inspector de Policía en Pogue. Se relacionaba con mucha gente y mandaba muchas cartas. Ese era el medio de comunicación, aunque podían pasar ocho días para que llegara. Todas las noches, mi papá nos ponía a escribir las cartas que él iba a mandar durante esa semana. Él iba dictando y uno no podía cambiar sus palabras, o si lo hacía tenía que convencerlo. Escribíamos desde las 4 de la tarde, a veces hasta las 10 de la noche, pero eso también me sirvió de formación. Uno iba convenciéndose de la precariedad en la existencia de los derechos. Por ejemplo, tenía que escribirle al Registrador por un niño que no habían podido registrar. Cosas elementales. O cambiar nombres: yo decidí llamarme Marcos, tener esa referencia de mi familia, pero cuando llegó el conflicto armado, por allá en el 96, para poder tener una oportunidad laboral me tocó tener otro nombre, los grupos armados mataban a los homónimos.

Siendo niño, ¿pensó en ser deportista?

Tengo muchos recuerdos de la cancha de fútbol. Nosotros jugábamos con la ‘chuspa’ de arroz y la pepa de higuerón, porque no teníamos un balón. Siempre quise ser deportista, jugué bastante en el equipo de mi pueblo, ya después jugaba de 10, comencé en la selección de mi colegio, Institución Educativa Agropecuaria de la Loma de Bojayá. Hice parte del club 4C, que era una institución bastante importante, porque además de enseñarle a uno los temas académicos, le enseñaban a producir en el territorio. Me hubiera gustado ser futbolista y me duele mucho que haya tantos talentos en el Chocó pero que por falta de oportunidades, de no tener un sitio de recreación, no puedan explotarse. Cada vez que no les ofrecemos oportunidades, les estamos generando condiciones a los actores armados para que los aprovechen. Nosotros en Bojayá, el día de la masacre, perdimos a 48 niños y niñas. Pero en el contexto de la guerra y la explicación que da la Comisión para el esclarecimiento de la verdad más de 16.000 niños y niñas fueron reclutados, obligados a la guerra. Una cantidad que fueron violados. Una cantidad de niños que les quitaron a sus papás y sus mamás. ¿Cómo les estamos pagando con el abandono?

Su documental muestra a sus tres hijos, en particular al pequeño Leymer: ¿es tan inquieto como se ve en pantalla?

Sí, es muy inquieto. En el documental se ve que le gusta bailar, es todo un champetero. Curiosamente, el papá no sabe bailar.

¡No puedo creerle que no sepa bailar!

Soy el único negro que no sabe bailar. Mi mamá, cuando yo estaba pequeño, no me hizo ese ‘chingui chingui’ que les hacen a los niños, que los alzan y los ponen a bailar. No pude aprender esa cosa. Pero Leymer sí salió muy bailarín. Es muy divertido, muy juguetón y también lo mueven mucho los temas del fútbol. Uno lo tiene que obligar mucho a hacer la tarea. ¡Ahí sí perdió conmigo! Yo era muy juicioso.

Su historia también aparece en la colección ‘El testigo’, del fotógrafo Jesús Abad Colorado…

Con ‘Chucho’, como le decimos nosotros, fuimos a muchos lugares. A Bojayá, a Jiguamiandó, a Curvaradó, a Neguá. El día del acto de reconocimiento de responsabilidades, cuando fueron las Farc, lo invitamos como muestra de gratitud. Su película refleja que fue testigo de graves violaciones, de 220.000 muertos aproximadamente. La conclusión que hizo la Comisión de la Verdad es que pudimos haber estado cerca de las 850.000 personas asesinadas en el contexto de la guerra. Más de 32.000 hechos de violencia contra las mujeres. Más de 8 millones de hectáreas de tierra despojadas. Y ‘Chucho’ trata de poner en ‘El testigo’ un asunto que es vital para la nación: la posibilidad de reconciliación.

‘Chucho’ habla de Domingo Chalá, quien tuvo que tomarse una botella de viche para poder recoger los restos de la masacre de Bojayá. ¿Cuántos muertos tuvo que recoger?

Hasta el 2019, la cifra oficial del Estado era de 79 personas fallecidas. Para nosotros, como comunidad, el Estado no reconoció a las mujeres que tuvieron el parto el día de la masacre. Cuando sonó la explosión, con esa fuerza, las mujeres que estaban en embarazo perdieron a su bebé. Para nosotros, esas son vidas, y el saldo de la masacre asciende a 96 personas, según nuestra estadística. Para recoger todos esos muertos, se necesitaba viche porque no era fácil, se necesitaba adormecer la mente. Recurrir también a dosis espirituales, encomendarse a los santos para soportar esa escena. 

Para recoger todos esos muertos, se necesitaba viche porque no era fácil, se necesitaba adormecer la mente. Recurrir también a dosis espirituales, encomendarse a los santos para soportar esa escena.

Domingo ha sido una persona que para el pueblo de Bojayá es muy importante porque fue el que más nos impulsó a recoger esos muertos: muchas veces estuvimos quebrados totalmente. Y luego, él siguió cantándoles a los muertos. Hace poco sacó un disco y está promocionándolo. Esas cosas no se pueden hacer sin viche… ¿Usted ha tomado viche?

Sí, claro, pero por otros propósitos… Hablemos de otra cosa: el premio que usted recibió en Canadá. ¿Cuál fue?

En el 2017, fui galardonado con el Premio Global por el Pluralismo. Era un premio que por primera vez se entregaba, entre otras cosas, a defensores de derechos humanos de todo el mundo. Se presentaron más de 200 nominaciones de 50 países, iniciativas increíbles. Pero el jurado tomó a bien otorgar este reconocimiento por la labor que veníamos haciendo en la defensa de los derechos humanos en Colombia. Sobre todo porque pluralismo significa reconocimiento de la diversidad. Bojayá tiene 34 comunidades indígenas. Tiene 19 comunidades negras. Desde nuestra perspectiva, es un municipio con una interculturalidad muy importante. En Colombia no hemos sido capaces de proteger a las comunidades indígenas. Desde hace rato, la Corte Constitucional declaró que los pueblos indígenas están en vía de extinción. Ahora, la Comisión de la Verdad acaba de decir otra vez que más de 60 comunidades indígenas están en peligro. A muchas de ellas les ha tocado salir de su territorio y hoy vemos la conflictividad que se ve en Bogotá. Pero ¿qué ha pasado en esos territorios para que los indígenas hayan tenido que salir?

Leí que usted estudió derecho, ¿lo hizo para ayudar mejor a su comunidad?

Sí, es que en mi pueblo había pocos profesionales. Después de la masacre, teníamos la necesidad de hacer muchos derechos de petición, acciones de tutela. Ser líder en una región como Bojayá y el departamento del Chocó, en general, es muy duro. A veces, nos encontrábamos con términos que la gente estudiada le decía a uno y no entendíamos. Ahí sentí la obligación de aprender algo más para ofrecer un servicio a mi comunidad. Entonces, insistí en la Universidad Tecnológica del Chocó y han sido largos años para poder terminar la carrera. Afortunadamente, la terminé y quiero seguir intentando algún nivel de maestría en la línea de derechos humanos. Las comunidades están muy ávidas de promotores de los derechos en sus territorios. Recordemos que después de la firma de los acuerdos de paz han matado a más de 1.500 personas que ejercen esa labor. Es una pena que el país se dé el lujo de matar a la democracia, como digo yo. Los defensores y defensoras de derechos humanos son quienes mantienen viva la esperanza en las comunidades.

¿Cómo llegó a la Comisión de la Verdad?

Lamentablemente, llegué después del fallecimiento de Ángela Salazar. Se hizo un concurso, con unas postulaciones. Los comisionados me eligieron y, a partir de ahí, comenzamos a trabajar duro. Empezamos a hacer equipos. En el informe final se ve la calidad del trabajo. Pudiéramos haber logrado más cosas, pero hoy todo el mundo reconoce el papel que jugamos. La Comisión logró casi 30.000 testimonios, pero no todos pasaron por la escucha de los comisionados. Pasaron por funcionarios como los documentadores, los que entrevistaban, quienes transcribían, los que nos organizaban los espacios, fue una labor descomunal. Estoy agradecido con los equipos y también con las víctimas que nos dieron sus testimonios.

¿Cuál fue el testimonio que más lo conmovió?

“La conclusión que hizo la Comisión de la Verdad es que pudimos haber estado cerca de las 850.000 personas asesinadas en el contexto de la guerra”.

A los dos meses de llegar a la Comisión, me tocó entrevistar a una persona de las que me andaba buscando para matarme. Yo no sabía, pero después de casi ocho horas de entrevista con él, lo notaba inquieto. Llegó un momento en que me dijo: ‘Vea, yo quiero hablar con usted’. Y me explicó que había intentado matarme en cuatro ocasiones. Me contó algunos de los operativos que había hecho y comencé a recordar esas fechas. Muy conmovido, me decía: ‘Yo tuve una lista de ocho personas para matar y el único que está vivo es usted. Le pido perdón, yo no lo maté y usted es una persona buena. Puede ayudar mucho en el país’. Pero luego también me hablaba del drama de cómo llegó a la guerra. Es gente que llegó después de vivir unos repertorios de violencia… Terminamos abrazados, llorando los dos. Esa escena no se me olvida. Sin justificar a esos que portaron el arma y cometieron tantas agresiones, encontramos que también son víctimas. Han vivido cadenas y cadenas de violencia. Ahí hay un mensaje a ver cómo entre todos nos perdonamos en este país.

De hecho, un escolta suyo, Arley Enrique Chalá Rentería, murió por más de 18 disparos el 4 de marzo de 2020…

El día del asesinato de Arley para mí fue muy duro. Estando en un evento me dicen: ‘Mataron a su escolta’. Yo no lo podía creer, porque hacía poquito se habían despedido y se había ido a almorzar a su casa. Un hombre que había llegado para custodiar mi vida terminaba perdiendo la suya. Yo siempre he sentido que a Arley lo mataron porque lo confundieron conmigo. Yo estuve en una peluquería en Cali y allí llegaron los maleantes y de un momento a otro se arrepintieron de dispararme. He tenido la sensación de una persona que viene a cuidar la vida y la termina perdiendo. Es muy difícil de manejar el drama de su familia, cómo darle la cara a la región. Quizás Arley, cuando yo me vine de allá, de Quibdó, pudo haber dicho: ‘Me quedo y no lo acompaño’.

¿En el informe también se aborda el racismo?

En la Comisión para el esclarecimiento de la verdad (www.comisiondelaverdad.co), hay un capítulo especial que da cuenta de lo que aconteció a los pueblos indígenas, afrocolombianos, raizales y palenqueros y al pueblo rom. Para nosotros, el conflicto armado fue racista. Se exacerbó con mayor profundidad en poblaciones con un color de piel distinto. En una cartilla (llamada Volumen Étnico) le estamos diciendo al país que hay 17 macroterritorios con mayor presencia étnica, en los cuales hay intereses mineros, agroindustriales, portuarios, de infraestructura, de narcotráfico, de economías ilícitas, que nos parece importante que el país revise si queremos avanzar en la transformación.

Además, porque genera desplazamiento…

Yo mismo vengo de vivir seis desplazamientos. Me encuentro viviendo en Cali, una ciudad donde no tengo a mis amigos. No tengo la relación que tenía en mi Bojayá. Es la condición de muchos seres humanos en el país, el drama del desplazamiento es uno de los que más ha golpeado al pueblo afrocolombiano, raizal y palenquero. En la ciudad, la mayoría de las cosas que parecen malas se le cargan al que ha llegado. Y al desplazado se le revictimiza.

¿Cree que esta película de la paz total tendrá un final feliz?

Usted me pone en una situación un poco difícil… yo acabo de venir de una Comisión de la Verdad. Acabo de estar en unos territorios haciendo pedagogía. Y créame que no hay una persona que tenga más interés que yo en que la paz se conquiste. Sin embargo, me parece que la idea de la paz total requiere un desafío de negociar en otros contextos. Acabamos de venir del incumplimiento de un acuerdo de paz. Y además, el desafío de negociar con más de 30 grupos armados. ¿Será que el país tiene la capacidad para negociar con todo ese poco de gente que está alzada en armas? ¿Para cumplir los compromisos que se establezcan en estas negociaciones? Yo ruego a Dios que el actual gobierno y todos los involucrados en esto tengan la sabiduría para llevarlo. Ojalá también los actores que están en la confrontación tomen la decisión. Nosotros, los líderes sociales, hemos defendido la democracia desde la legalidad. O sea que en Colombia sí hay oportunidad para defender sus ideas. Han matado a muchos, pero muchos estamos vivos. No es necesario recurrir a la violencia para defender mis ideas. Es un país que tiene espacios para la divergencia, para controvertir, para exigir los derechos.

Julio César Guzmán
Editor Mesa Visual EL TIEMPO
En Twitter: @julguz

Esta entrevista fue realizada en el espacio ‘El cine y yo’ y reproducida en la edición #124 de la Revista BOCAS​.(El documental ‘Bojayá: Entre fuegos cruzados’ fue hecho por la  Comisión Intéretnica de la Verdad de la región Pacífico. Contactos: correo electrónico comunicacionescivp@gmail.com, teléfonos: 3223056765 – 3166282171)

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